Bitácora Primera Clase

EL PRIMER DÍA DE CLASES

Observé el reloj mientras caminaba a paso rápido y seguro por el puente gris. Las manecillas indicaban las siete con cinco minutos. No podía creer que siendo el primer día, llegaría tarde; posiblemente para muchos no sea tan grave, es decir, son solo cinco minutos de retraso, pero… ¿Qué pasa si al llegar al salón me topo con la puerta cerrada y cuando me asome a la ventanilla vea al profesor haciéndome el típico gesto con las manos señalando mi tardanza y la imposibilidad de entrar al aula? Al fin y al cabo, no tenía ni idea quien era el profesor, no sabía si era alto o bajito, gordo o flaco, si era de esos profesores exigentes que no permiten un minuto de tardanza o, por el contrario, de aquellos que son relajados y no tienen problema con que los alumnos entren tarde. Sea como sea, no estaba dispuesto a averiguarlo en ese momento; guarde el celular, el cual venía revisando para confirmar el número del salón, y aceleré la marcha.

El salón estaba en el segundo piso, era el antepenúltimo del pasillo. A medida que me acercaba, percibía cómo los nervios aumentaban y se apoderaban de mi cuerpo, haciéndome sentir mucho más frío del que estaba haciendo afuera. Por fortuna, el miedo se fue disipando al ver la puerta del salón abierta y a unas cuantas personas a su alrededor. Observé el horario del salón junto a la puerta para cerciorarme de que efectivamente ese era el lugar indicado; y una vez seguro, crucé el marco y levanté la mirada, me sorprendí al ver la gran cantidad de gente desconocida ocupando al menos el 80% de las sillas. Eché un vistazo rápido y no encontré ningún rostro familiar, mantuve la cabeza en alto mientras me dirigía hacia la parte trasera del salón cuando de repente escuché mi nombre, provenía de la primera fila. Volteé la cabeza hacia esa dirección y los vi sentados mirándome. “¿Cómo no me pude haber fijado en ellos?, pasé justo a su lado” pensé. Me acerqué, los saludé y me senté en la silla del rincón junto a ellos. Podía ver en sus caras la misma sensación que me invadía, una mezcla entre ansiedad y nervios.

Cuando entró, lo reconocí de inmediato, era el profesor Cobos: un señor entre los 30 y 40 años de edad, contextura gruesa y una barba que parecía recién cortada; pero sin duda lo más destacable de su presencia era el bléiser azul, era tanta la atención que emanaba esa prenda que no logro recordar si iba vestido de jean o pantalón, ni mucho menos el color de este, pero creo estar casi seguro de que era un tono oscuro, ya que de ser lo contrario, probablemente lo recordaría. Llevaba una maleta negra colgada del hombro, tal y como la suelen llevar la mayoría de los universitarios, lo cual de alguna forma lo hacía parecer aún más joven. Su paso era firme, cruzaba el salón de un lado a otro hasta llegar a la mesa establecida para él, junto al tablero y frente a los estudiantes. Lo que siguió fue lo mismo que hacen todos los profesores cuando llegan a un salón para dictar la clase: Sacan el computador (o en su defecto la USB), lo ponen sobre la mesa, conectan el cable HDMI, abren la sesión, buscan las diapositivas, se quedan un momento quietos como para que los estudiantes se den cuenta de su presencia y las voces se opaquen y cuando ya está lo suficientemente silencioso, se atreven a hablar. Es una rutina que puede tener variaciones pero que en esencia es la misma; los cuatro semestres que llevo en la universidad me lo han confirmado. Su voz era tal y como la esperaba, grave y potente, no necesitaba alzar mucho la voz porque tenía buena proyección y el sonido rebotaba en las paredes, permitiendo así que hasta el último de la fila le escuchara perfectamente.

Luego de haberse presentado y habernos mencionado las reglas de la clase, procedió a explicarnos una actividad cuyo objetivo era darnos a conocer como estudiantes y compañeros de clase. El ejercicio consistía en dibujar un objeto que nos caracterizara o que tuviera un valor significativo en nuestras vidas; una vez realizado, se le entregaron las hojas al maestro y este nos asignó un dibujo diferente al propio; la idea del trabajo era observarlo y hacer hipótesis sobre cómo es la persona detrás del dibujo, basándonos en el trazo, la dirección, el tamaño, la ubicación y otros detalles que nos permitían un mayor análisis. Los datos se escribieron y posteriormente el profesor los leyó en voz alta con el fin de comparar aquellas suposiciones con las declaraciones reales del dueño; lográndose así el propósito dispuesto.

Recuerdo que varias personas dibujaron un balón de fútbol; otros cuantos un computador y habían algunos singulares como un tacón, un avión o una paleta de colores; pero hablando estrictamente del mío, sabía que era poco probable que hubiese otro igual, tal vez porque no es un objeto común y corriente de uso diario o porque sencillamente no es el mismo gusto masivo que se tiene como con el fútbol. El dibujo más que ser un objeto, era un símbolo, el símbolo que suele representar al Teatro: Una máscara exageradamente triste junto a una exageradamente alegre, adornado con unas cintas que salían a lado y lado de ellas.

La persona que analizó mi dibujo logró coincidir en varias cosas; y a pesar de que la mayor parte de sus interpretaciones estaban relacionadas con el ámbito artístico, hubiese deseado que abordara otros aspectos de mi personalidad.  

Ahora es mi turno de hacer el análisis grafológico de la persona que escribió en mi hoja; para eso, debo basarme en los videos publicados por el maestro, los cuales son esenciales para realizar este trabajo. Empezaré por describir la apariencia de la letra y luego procederé a realizar la respectiva interpretación. En cuanto al tamaño, su escritura es grande, espaciosa y un poco adornada; la forma de esta se concentra en gran medida en la parte central y su inclinación es totalmente vertical y derecha; por último, la finalización de la letra suele ser ascendente. Recopilando toda esta información, podría decir que esta persona es alguien muy optimista, extrovertida y centrada; es alguien muy aterrizado en el presente, es decir, no se preocupa tanto por el futuro sino en el aquí y en el ahora; es muy seguro de sí mismo, sabe equilibrar la razón y la emoción, hace y sabe hacer, tiene objetivos definidos y se considera como alguien realista y práctico.


En los últimos 30 minutos de la clase, el profesor nos explicó la importancia de la observación y de la memoria mediante dos diagramas; el primero, sobre que tanto uno recuerda según el nivel de actividad del sujeto; y el segundo, una pirámide taxonómica de Benjamin Bloom en la que veíamos las diferentes habilidades de pensamiento. Finalmente, nos mostró el blog, explicó el trabajo para realizarlo en casa y dio por concluida la clase.

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